Llena de inseguridades, de un corazón puro e intacto.
Un corazón, que apenas cabía en el mismo lugar que habitaba.
Segura, poco cuerda y alocada.
Así definiría a lo que solía ser cuando conocí a la razón por la que
me desconocí.
Llegaste como quizás, llegan los principios.
(No sé cuantas veces me habré maldecido por haber abierto ese intacto corazón)
Todo lo demás, podría resumirse en aquella noche en aquel portal:
"Joder, nunca te haría daño intencionadamente"
(Al menos, podrías haber sido más sincero (he pensado otras muchas veces))
Y empezaste a llorar.
Que miedo solíamos tener a perdernos.
También sonaba de fondo música, bullicio, a todos los demás esperandonos.
Pero era mejor tenerte ahí, presionando la luz, un poco más, porque al fin y al cabo,
eso apetecía más que toda esa multitud.
Solía cerrar los ojos por si era mentira, por si no era verdad
que tuviera esa indigestión en el estómago
esos sentimientos que parecían imparables.
Tuvimos que irnos.
Lo siguiente a eso, es el frío.
Se cierra el telón, se abren los ojos.
Entra a escena un corazón rotísimo.
(¿Por qué a mí? ¿Cómo? ¿No lo recuerda? ¿Quien es?)
Lo siguiente fue la inspiración.
La cordura, la madurez, el inconformismo.
Huyendo conmigo, pero de mí.
También incredula, pero, con la certeza de que esa escena
que perduraba en aquella mente desgastada
jamás volvería a repetirse,
y que por tanto, nunca jamás
dos personas, quizás, volverian a ser honestas por una sola vez.
Después de eso, el tiempo como una niebla entre aquellos días.
Ahora, echo de menos a alguien más.
Y por eso, ha sido mejor así.
El amor es una brisa acariciandote el cabello,
y la revolución, no puede formar parte de él.
La calma llegó, y con las mismas tuvo que irse.
Difiero.
Es egoísta.
Pero a raíz de querer tanto.
Ya no puedo querer a nadie, con tanta pasión, que no sea a mi.